Dentro de mi cuerpo se mezclaban las emociones de forma indescriptible. Mi mente estaba en blanco y ningún pensamiento se posó en ella durante esos instantes. Los latidos de mi corazón eran tan fuertes que me sentía en una guerra, donde miles de balas atravesaban mi pecho sin compasión. Pero no había dolor. Y algo dentro de mí me hacía aferrarme a él como si de eso dependiera seguir viviendo.
Nunca supe qué sentía él, sólo estaba segura de que al besarlo por primera vez sentí que realmente la sangre corría por mis venas; Estaba viva, ¡Viva al fin! en sus brazos había dejado de ser ese cuerpo sin alma que durante muchos años estuvo buscando un refugio. Era como una mariposa, que luego de salir de la crisalida al fin lograba sentir el cielo.
Los minutos pasaban. Nos besábamos desesperadamente, y todo alrededor parecía cobrar vida también. Una suave brisa erizaba mi piel y movía sus cabellos. Yo temblaba, pero no de frío ni de miedo, era una nueva sensación que mi cuerpo descubría. Y en mis ojos se asomaron algunas lágrimas que él sintió al rozarme. En ese momento encendió la luz y me preguntó:
- ¿Estás llorando? -
- Nah, no me hagas caso. - Respondí
- Nah, no me hagas caso. - Respondí
Acercó su mano a mi rostro limpiando mis lágrimas e insistió con sus preguntas
- ¿Por qué lloras? -
- Creo que es simplemente porque estoy viva. -
- Creo que es simplemente porque estoy viva. -
- Explicate. -
- No importa, ya te dije que no me hicieras caso. No lo entenderías aunque quisieras. -
- Te molesta lo que acaba de ocurrir, ¿verdad? -
- No, no me molesta, de hecho sería maravilloso que fuese la introducción a cosas mucho mejores. -
- Podría ser la introducción a lo que tu quisieras si me lo permitieses. -
- Te molesta lo que acaba de ocurrir, ¿verdad? -
- No, no me molesta, de hecho sería maravilloso que fuese la introducción a cosas mucho mejores. -
- Podría ser la introducción a lo que tu quisieras si me lo permitieses. -
Callé y tomé su rostro besándolo nuevamente y permitiendo que mis labios explicaran en un beso lo que no podían decir con palabras. Luego fue mi mano la que se acercó a la pared y le devolvió la oscuridad a la escena.
El sonido del viejo reloj ya no me aturdía, ahora su danzar guiaba nuestros pasos hacia la habitación.







